jeudi 4 janvier 2007

Capítulo 1. Armonía.

Robert es el dueño de un pequeño bar de la Rue Plumet en Paris, en un barrio tranquilo y residencial muy cerca de un parque donde juegan alegres los niños por las tardes. Robert es de origen suizo pero sus raíces alpinas se remontan a la juventud ya que lleva viviendo en Paris casi toda su vida. Una vida que comparte con su mujer italiana Chiara desde hace unas cuantas décadas, ella además prepara las comidas de medio día en el bar y llevan el negocio juntos. Un bar tradicional en el sentido estético y la atmósfera que lo engloba. Un parquet robusto pero desgastado delata la entrada de un cliente rompiendo el silencio y la armonia. Los tintineos de las tazas y los platos al preparar los cafés suenan a campanas melódicas que parecen ir al ritmo del suave pasar de las grandes hojas de los periódicos por los comensales habituales. Son estos que Robert conoce muy bien y siempre cruza unas palabras amistosas y hasta discusiones profundas. Robert es un hombre tranquilo, de principios fuertes pero de fácil convivencia. Sus arrugas en la cara delatan una vida interesante y sus ojos satisfacción personal, la edad le ha enseñado a tener pocas preocupaciones y a vivir feliz con las pequeñas cosas cotidianas. Su mujer se fusiona con él y el bar aportando toda la vitalidad y espontaneidad que los alejan de la rutina y monotonía, consiguiendo un pilar fundamental para Robert y el negocio. El bar constituye una metáfora de su vida en pareja pero ambos lo desconocen, estas cosas es más fáciles verlas desde un asiento de espectador. Unos asientos acolchados marrones que todavía podrían encajar con los años 60 y 70, otras veces sillas de madera cierran pequeñas mesas circulares típicamente parisinas. El toque más peculiar son unos cuantos libros que reposan en una pequeña estantería al fondo, estimulando a cualquiera a alargar el brazo para hojear algunos de ellos o simplemente para favorecer una cierta abstracción y la tranquilidad en el lugar. Al fin y al cabo nuestro personaje es un intelectual, la curiosidad le mantiene vivo a pesar de la edad y le impregna de un aire jovial. Estudió química en Zurich, a pesar de ser originario un pequeño pueblo del cantón francés se lanzó sin problemas a estudiar en alemán persiguiendo sus estímulos indagadores. Hizo también una tesis sobre colorantes vegetales, en los años 60 esto empezaba a tener aplicaciones para la industria textil desarrollando compuestos nuevos. Fueron años intensos en una ciudad pequeña pero viva, la ETH es la universidad que alberga más número de premios Nobel del mundo. Después de la primera guerra mundial se originó el movimiento Dada, dicen en un pequeño café que llamado “Cabaret Voltaire” rodeado de unas pequeña callejuelas con casas que parecen querer juntarse en los tejados. Para Robert, llegar aquí con 18 años desde las montañas fue como el comienzo de la primavera cuando el hielo se convierte en fuertes corrientes de agua que se precipitan hacia los valles, dando vida allá por donde pasa coloreando de verde el paisaje. Estos son los años que recuerda con más nostalgia, fue el descubrimiento de algo grande, estar siempre con los ojos abiertos y no tener tiempo si quiera para pestañear, algo que en el fondo llevaba en el interior pero que allí pudo desarrollar y expresar.
Los giros bruscos de la vida, las locuras juveniles o quizás el destino le trajeron a París y ahora se encuentra cómodo y felizmente instalado con Chiara y su bar. Aquí tuvieron un hijo cuando empezaba la década de los 80, Alain. Desde muy pequeño Robert sacrificó su tiempo y dinero para llevarlo a una escuela de piano, que a él siempre le hubiera gustado tocar. Se enloqueció al descubrir la música de Erik Satie, que conoció leyendo un libro de Tristan Tzara, uno de los fundadores del movimiento Dada y saber que eran amigos. Desde entonces le fascina la música minimalista de Satie, aunque quizás más la idea de saber que creó algo totalmente nuevo precursor del surrealismo, del neo-clasicismo, incluso del dadaísmo y hasta del arte conceptual y corrientes muy contemporáneas. Satie desarrolló toda su creación malviviendo en Paris y Robert se siente orgulloso de vivir aquí también y más aún cuando su hijo le ofrece algunos minutos de música con sus propias manos. Alain también admira a su padre, le ha dotado de unos valores muy humanos y ha sacrificado su vida por él. Tienen una relación de respeto y admiración por el otro.
Alain vive solo, y aunque pasa pocas horas en casa le gusta encontrar silencio cuando llega después de la agitación de la gran capital. Alquila un pequeño apartamento en el barrio número trece pero casi tocando con el quinto. Al ser un sexto piso sin ascensor puede aprovecharse de un precio más razonable por mejor calidad, le encanta subir las escaleras con agilidad y sus 26 años y su buena salud se lo permite. Además desde ahí arriba puede gozar de una buena vista, incluso al fondo se ve la cúpula del Panteón. Por la noche los potentes focos la iluminan para dotarle de aún más majestuosidad, y a Alain le apasiona coincidir con el momento mágico en el que se apaga fundiéndose con la oscuridad, desaparenciendo. Son esas noches que Alain se resiste a terminar el día y disfruta de la tranquilidad de la madrugada, simplemente escuchando música, pensando, leyendo o haciendo cualquier cosa en su ordenador portátil como esta noche.
Acaba de recibir un e-mail de su buen amigo Tobías y le dice que tiene que venir a Paris un par de días por asuntos de trabajo y luego aprovecha el fin de semana para visitarle. Ciertamente hace bastante tiempo que no se ven aunque mantienen un contacto muy frecuente. Se conocieron en la universidad, en Freiburg, una pequeña ciudad alemana repleta de estudiantes. Quizás les unió el hecho de venir de grandes ciudades y acudir una pequeña ciudad de sólo 200.000 habitantes, mientras que lo habitual es salir de los pueblos para ir a la gran ciudad a estudiar. Tobías es alemán y nació en Berlin y al igual que Alain buscaba un poco de aire y salir del gris del cemento para encontrarse con el verde. Aunque de eso se dieron cuenta más tarde, los verdaderos motivos prácticos le llevaron a Alain a encontrar esta ciudad donde se podía vivir por mucho menos dinero que en Paris y podría estudiar sociología que era lo que más le apetecía sin pensar en absoluto en el futuro, sus padres le apoyaron mucho en su decisión.
La amistad entre Alain y Tobías fue creciendo a pesar de sus tantas diferencias… Tobías es un hombre de ciencias, determinado, esquemático, organizado y calculador y no estudió bioquímica por casualidad. Ahora hace su tesis sobre la biología molecular del infarto de miocardio en un centro de investigación asociado al Hospital Charité de Berlin. Sin embargo Alain es alguien que sabe jugar con las emociones, sabe expresar sentimientos y provocarlos en la gente, quizás le estimuló aprender música desde niño o crecer en París, aunque él todavía desconoce sus capacidades. Su mirada de soñador y su aire despreocupado hacen que no pase desapercibido entre la multitud.

Alain contesta el mail de su amigo alegrándose por su visita sin evitar recordar los años vividos en la universidad. Mientras tanto la noche se va dejando caer su peso sobre París y también en su pequeño apartamento que sólo cobra vida por las noches al pasarse todo el día fuera de casa. Todo el ajetreo de la capital ya está parado a estas horas. Es una ciudad que tiene pocas horas de descanso, es habitual coger los últimos metros poco antes de la una de la madrugada un día entre semana y encontrarse con bastante gente corriendo para no perderlos. Gente que viene de algún cine, de cenar con algún amigo… de trabajar o de quién sabe que, todos son anónimos y están muy acostumbrados a ni siquiera mirarse los unos a los otros. Sin embargo Alain no se pierde estos pequeños detalles y se queda fijamente mirando a las personas simplemente por curiosidad mientras imagina que vida puede esconder cada mirada o expresión. Alguna cara se le queda grabada y le vienen repentinamente en noches como esta. Por suerte Alain no depende del metro lo que le facilita detenerse en estos pequeños detalles de la multitud las veces que lo utiliza, él se desplaza con una bicicleta holandesa “Gazelle” que le permite ganar mucho tiempo y sentirse totalmente libre. Cuando no hay mucho tráfico le encanta dejarse caer haciendo eses por el Boulevard Saint Michel mientras va mirando como pasan los árboles entre los balcones de hierro forjado en los bellos edificios burgueses en piedra tallada de estilo Haussmaniano.
Esta tarde venía de ver a su padre en el bar, con las persianas ya bajadas porque es la única manera que los dos encuentran intimidad y sólo así le gusta a Alain visitar a su padre en el bar y viceversa. Todavía piensa todo lo que han hablado y por este motivo esta noche sigue reflexivo y sin poder irse a la cama.

- “Alain, no puedes dejarte el trabajo ahora, es una locura… de qué vas a vivir? Estás bien en recursos humanos, te gusta lo que estudiaste y eres bueno.
- Papá tengo un contrato CPE, sabes lo qué significa? Me pueden tirar a la calle en cualquier momento… sólo estoy en prácticas y no tengo nada asegurado después, el maldito ministro Villepin nos está amargando a todos! Yo te digo que cada vez pienso más en acabar con este trabajo rutinario y dedicarme a algo interesante, algo en lo que pueda imprimir mi personalidad, expresarme…
- Pero el qué? No te entiendo hijo, ya sabes que siempre hemos confiado en ti… y que tienes una sensibilidad especial pero estás eligiendo un camino muy difícil, qué vas a hacer? Ni siquiera sabes a lo que te quieres dedicar… no puedes decir que te vas a dedicar al arte en general, te gustan demasiadas cosas. Si no focalizas tu concentración y esfuerzo te quedarás a medias con todo. No lo entiendo, parecías muy convencido cuando estudiabas sociología en la universidad, no puedes hacer ahora un giro tan brusco… te faltaría formación y llegas tarde. Mira tu amigo Tobías…
- siempre metes a Tobías, sabes que no tiene nada que ver conmigo, a mi me costó estudiar la carrera aunque me gustaba mucho, no dejaban de inquietarme otras cosas y si la termine fue en parte por se consecuente conmigo mismo.
A estas mismas horas Robert está en la cama junto a Chiara pero con los ojos totalmente abiertos sin poder dormir, tiene en su pensamiento la conversación con Alain como un globo aerostático suspendido en medio del cielo, sin moverse apenas y sin poder de maniobra… simplemente dejado llevar por el viento, por otras fuerzas que no puede controlar. Esas fuerzas que le vienen te dan adentro, el amor tan fuerte que siente por su hijo que le impiden actuar con la razón. Se arrepiente de lo que le ha dicho, pero ya es demasiado tarde, ahora le viene a la cabeza una película de Adolfo Aristarain que vio en los cines La Latina, que narra la a veces difícil relación entre un padre y un hijo. Federido Lupi le pareció que actúo magistralmente expresando con suma delicadeza su fragilidad ante su hijo enmascarada por rudeza y frialdad cuando está con él. En una escena el padre se derrumba cuando le habla a un amigo sobre su hijo, diciendo que si le pasa algo él se muere, simplemente deja de existir, de ser él. Forma parte de su cuerpo y cualquier cosa que le pase, lo resiente él también. Robert tiene una sensación exactamente igual, y es que ver como crece a tu lado día a día alguien en quien piensas todos los días no es cualquier cosa, conoce todos sus pasos y ha sido él quien le ha marcado un camino de forma muy indirecta.
Parece que están sincronizados, Alain en su pequeño apartamento y Robert tumbado boca arriba junto a Chiara. Son mentes conectadas entre padre e hijo, como si un cable invisible les mantuviera unidos o como notas de piano que viajan en el aire creando un silencio de comunicación entre los oyentes consiguiendo una armonía única. Es como si Robert viera su vida en el pasado a través de su hijo, todas sus esperanzas e ilusiones se tornan vivas y sólidas en la mirada alegre de Alain. Robert no quiere que su hijo siga exactamente los mismo pasos que él, quiere que cambie dónde él ha creído equivocarse pero siguiendo el mismo destino en el que cree. Es duro mirar hacia atrás a los 60 años de edad y a pesar de estar convencido de haber llevado una vida plena, ahora sólo queda la nostalgia de aquellos años de descubrimientos y novedad diaria, por eso para Robert, Alain es el mayor sentido de su vida.